Hace exactamente 70 años, el corazón del Valle del Cauca vivía una de sus épocas más oscuras. Era 1955 y la violencia partidista en Colombia había expulsado a cientos de campesinos de sus tierras en las cordilleras Central y Occidental. Muchos llegaron a Tuluá, sin techo ni alimento, refugiándose bajo los aleros de las casas y cocinando en las calles sin pavimentar. En medio del caos, un grupo de mujeres tulueñas lideradas por doña María Gardeazábal de Álvarez encendió una chispa de esperanza.

Así nació la Asociación de las Damas de la Caridad, una organización espontánea y solidaria que desde sus inicios se propuso asistir semanalmente a las familias desplazadas con mercados básicos. Una labor que, como la describiría años más tarde su hijo, el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal, fue “quijotesca”.

«No existía la Cruz Roja, ni centros de acopio del Estado. No había nada. Solo la compasión y la determinación de un grupo de mujeres que no podían mirar hacia otro lado», recuerda Álvarez Gardeazábal.

Entre aquellas pioneras se encontraban también doña Teresa de Ramírez, doña Alba de Ávila, doña Teresa de Peláez, Amargola y Lucía Jaramillo de Echeverría, entre otras. Juntas formaron la base de una asociación que no tenía renta alguna y que sobrevivía gracias a la generosidad de los tulueños. Tocaban de puerta en puerta, recogían alimentos, organizaban bazares y hasta fiestas benéficas. Una de ellas, en el Club Colonial, organizada por el mismo Gustavo Álvarez Gardeazábal para celebrar su cumpleaños, permitió sostener la asociación durante varios años.

A pesar del paso del tiempo, la muerte de sus fundadoras y los retos sociales del país, la Asociación de las Damas de la Caridad sigue viva. Hoy, es la nuera de doña Alba quien lidera la organización, manteniéndola activa con el mismo espíritu de servicio que la vio nacer.

«Yo sigo colaborando cada mes, como si mi madre aún estuviera al frente», dice Gardeazábal, con una mezcla de nostalgia y orgullo.

En este aniversario número 70, Tuluá recuerda no solo a las mujeres que fundaron una institución esencial para la ciudad, sino también a una generación que entendió el verdadero sentido de la palabra caridad: amor al prójimo, entrega desinteresada y compromiso con la dignidad humana.

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